Una noche, no hace ni mucho ni poco tiempo, una noche simplemente, se encontraba el que suscribe con otros tres amigos, la mujer de uno de ellos y mi propia señora esposa. Estábamos tan ricamente, en un garito al que ellos suelen ir (he de decir que yo apenas salgo y nunca bebo, ni fumo). En el susodicho local (no voy a decir que se llama Calle Mayor y que está en Caravaca) mis amigos (los cuales voy a mantener en el anonimato, ya me lo sabrán agradecer Punto, Jaime y Bienve) había unas figuritas de gnomos muy bonitas, que sostenían en sus manos botellas de cerveza, mientras que las miraban como diciendo "Pues porque soy una figura de escayola hueca y sin vida, sino te bebía ahora mismo” La noche era bonita, el bar lleno, mis amigos y yo hablando de trivialidades (para las cosas serias ya está el curro); todo iba a las mis maravillas, hasta que a uno de nosotros, que no fui yo, repito NO FUI YO, nuestro nuevo amigo gnomo se le resbaló de las manos y se quebró en dos trozacos grandes, por un lado los pies y por el otro el cuerpo de Humphrey el gnomo. “¡¡¡Por Júpiter Óptimo Máximo!!! Gritó el camarero desde el otro lado de la barra (eso oí yo, lo mismo se cagó en nuestros muertos más recientes), Humphrey se ha roto y me lo vais a pagar” Con la celeridad del rayo el camarero se encontró con los 28 € que había exigido por la vida de Humphrey (poco valemos, ¡¡¡coño!!!) y claro, después de pagar nos encontramos con que éramos el centro de atención de todo el bar. Pero, no queda ahí la cosa, “Si hemos roto-comprado a Humphrey nos lo llevamos”, la cara de póker del camarero y llamar al jefe fue todo uno “No os lo podéis llevar” “si no queires que nos lo llevemos me lo tienes que recomprar” “¿Cuánto?” pregunta el camarero” 120 €” dice mi amigo. Creo que el pobre camarero no ha vuelto en sí todavía “¿Estás de broma?” “No, su precio ha subido”. Por supuesto que no lo recompró, y nosotros para la manutención de Humphrey pasamos por las mesas y las buenas personas que allí había pagaron algo, mientras yo abrazaba a Humphrey como a un bebé, otro pasaba el cepillo y otro hacia que todo el mundo anotase sus dedicatorias al gnomo en un Libro de Actas (también llamado Catálogo de Ikea). Esa es la auténtica historia; si no la creéis preguntad a Humphrey…